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El próximo sábado soy hombre muerto,
les dijo el miércoles a quienes almorzaban
con él en El Patio,
y le pidió un vale a Fernando para firmar el
consumo.
Semanas antes, en una operación humanitaria
de rescate de
secuestrados
se había estrellado en el llano contra un
árbol premonitorio,
accidente en que sólo se quebró las piernas
y otros huesos del
cuerpo,
viéndose obligado a continuar haciendo reír
al país desde un
sillón de ruedas.
¿Señalará la página del libro que está
leyendo?
¿Conservará prendido el calentador?
El viernes en la madrugada,
cuando se preparaba para marchar a la
emisora,
encontró que le habían traído la camisa
del accidente
y se la puso en vista del blanco impecable.
Cuando pasó por la bomba de gasolina
la aguja del combustible le indicó que
estaba llegando a ceros,
pero no se detuvo.
Por el parabrisas iba mirando lo que había
sido su vida.
Toda la película de sus amores, de sus
humores y de sus dolores.
Tal vez vio brillar con un resplandor
sospechoso la última bota
que había embolado.
Los sicarios acostumbran antes de disparar
llamar a la víctima por su nombre de pila.
Así se aseguran que no están matando al
otro.
Porque miserables es lo que somos,
o porque lo matamos o porque lo dejamos
matar.
En su pequeña casa de La Calera (en su
garçoniere)
(Si se pierden pregunten por la casa del
hacendado Garzón)
cuyos dominios se extendían hasta donde se
perdiera la vista
porque según él es de uno todo lo que se
ve,
se le encontraba como un santón de oriente
fumando un cachito,
entregado a explicarse el mundo a través de
sus asombrosos
manuales de física,
a redondear sus geniales apuntes cáusticos
y a establecer en un mapa su próximo
recorrido por el monte
en busca de rescatar por las buenas- a un
secuestrado.
A veces volvía a encontrarlo en la
Gobernación,
y mientras los medios en cascada
entrevistaban al Gobernador
por la feliz nueva de la liberación de un
plagiado,
el hacía mutis por el foro y nos íbamos a
tomar un agua aromática
mientras se desprendía los cadillos
montaraces de las botas del
pantalón.
Aparte de ser la conciencia del país,
al que le mantenía midiendo el aceite para
aventurar su
comentario mordaz,
era un humanista y un activista radical de la
paz.
Que lo hayan matado por servir a la vida es
el peor chiste del mal
humor.
Al momento de su muerte gestionaba que las
autodefensas le
perdonaran la vida.
Prueba de que coronó su propósito es el
mensaje de Carlos Castaño
negando el hecho.
Prueba de que no lo coronó es que no se
volvió a aparecer en El Patio.
Siempre pensé que los que cultivamos el
chiste equívoco,
el irreverente sarcasmo
y expresamos la crítica con humor negro,
estábamos a cubierto de cualquier atentado
de quienes detentan
las armas,
como venía sucediendo desde Aristófanes,
Molière y Bertolt
Brecht.
Con el asesinato de Garzón este viernes 13,
parece que quedamos notificados humoristas y
caricaturistas
escritores, poetas, pintores o cantantes.
Ni burlarnos de quienes manejan los hilos de
la vida de este país,
ni mandar al diablo que ya ni siquiera
existe- a quienes pueden
cortarlos.
Vamos a tener que ponernos serios, o nos
ponen.
Porque, ¿qué más serio que un muerto? Tags : jaime garzon movimiento bolivariano colombia commentary analysis documentary gotcha! grassroots outreach news political commercial |